Coronel Entregó a 50 VILLISTAS para su Ejecución…Hasta que Villa lo Ahorcó con Alambre de Púas
El Alambre de Púas de San Isidro
Si alguna vez pasas por San Isidro, ese pueblo polvoriento y olvidado del norte de México, y te sientas a la sombra de la plaza, tal vez escuches la historia que los viejos cuentan bajito, mascando tabaco y recuerdos. Es la historia del coronel que vendió a cincuenta hombres a la muerte, y terminó pagando con la misma moneda, pero con intereses de sangre y alambre de púas. Dicen que, cuando el viento sopla recio, se escucha el crujir de soga vieja y el gemido ahogado de un hombre traicionado.
San Isidro nunca fue tierra de abundancia. El sol de diciembre caía como castigo divino sobre las casas de adobe, la represa se había secado hacía tres temporadas y la poca agua que quedaba estaba en poder del coronel don Ricardo Fuentes. Un hombre de bigote retorcido y sonrisa amplia, que controlaba cada gota que mojaba la garganta de la gente. Don Ricardo era el tipo de coronel que te sonreía en la cara mientras te afilaba el puñal por la espalda. Se decía amigo de todos, compadre de pobres y protector de viudas, pero bajo ese palabrerío dulce habitaba un corazón duro como piedra de río seco.
Mandaba en todo: la tierra, el ganado, el agua, el juez, el comisario y hasta el padre que rezaba misa los domingos pidiendo lluvia y olvidando pedir justicia. Sus sicarios andaban por el pueblo como dueños del mundo, rifle colgado al hombro y mirada atravesada para cualquier cabrón que no agachara la cabeza. Eran doce hombres escogidos a dedo, cada uno más malvado que el otro, gente que mataba por dinero y dormía tranquilo. El pueblo pasaba junto a ellos con la vista en el suelo, rezando bajito para no llamar la atención. La atención de un sicario del coronel nunca era buena señal.
Pero el norte es tierra de sorpresas y no siempre el más fuerte es el que queda arriba. Por los años de 1920 y tantos, el nombre que metía miedo de a de veras en el corazón de coroneles y federales no era el de ningún hombre de uniforme ni de patente comprada. Era el nombre de Pancho Villa, el centauro del norte, una leyenda viva que corría leguas de boca en boca antes siquiera de aparecer en el horizonte. Villa no era hombre de aparecer donde no era llamado, pero tampoco dejaba un agravio barato. Él y los dorados vivían en la sierra, andando de cañada en cañada, protegidos por rancheros que sabían que un villista de palabra valía más que un soldado con promesas vacías.
En su grupo había gente de todos lados: Rodolfo Fierro, el carnicero, ligero de gatillo y más peligroso que cascabel acorralada; José Herrera, hombre callado que hablaba más con el rifle que con la boca; Pedro, el chaval, un chamaco todavía pero con puntería certera y el valor de quien ya no tenía nada que perder; y unos quince o veinte más, hombres marcados por las balas, el sol y los malos recuerdos. Cada uno cargaba en el pecho una historia de injusticia. Padre muerto por sicarios de hacendado, tierra robada por cacique, hermana deshonrada por hijo de coronel. La revolución no nacía de ganas de matar, nacía de un norte donde la ley escrita solo valía para el pobre y la justicia tenía un precio que el pobre no podía pagar.
Villa tenía un código y todo hombre de los dorados se lo sabía de memoria. No se metía con pobre de barriga vacía, no se tocaba a mujer de mirada sufrida y toda injusticia contra gente humilde era deuda anotada para cobrarla después. Por eso, cuando llegó a sus oídos que el coronel don Ricardo andaba haciendo tratos con los federales, ofreciendo protección a cambio de información, Villa le mandó recado: mientras el coronel no se metiera con ningún villista, no habría pleito entre ellos.
Pero don Ricardo era ambicioso. No le bastaba con mandar en San Isidro; quería más tierra, más ganado, más poder, y para eso necesitaba la bendición de los gobernadores y de los comandantes de los federales. Empezó a tramar la desgracia. Sabía que por toda aquella región andaban revolucionarios de grupos más chicos, hombres sin mucha fama pero que vivían igual que Villa, matando el hambre con lo que conseguían quitarle a quien tenía de más y daba de menos.
Don Ricardo mandó a esparcir una noticia falsa diciendo que en San Isidro habría un encuentro de todos los grupos, una especie de reunión para dividir territorio y evitar pleito entre los muchachos. Prometió protección, comida abundante y hasta municiones para quien las necesitara. Los revolucionarios creyeron. Cincuenta hombres vinieron de todos los rumbos, cada uno trayendo en el rostro la marca del sol y la desconfianza, pero creyendo en la palabra del coronel.
Entre aquellos cincuenta estaba Donato Rosales, hombre de respeto, padre de cuatro hijos y conocido por no matar sin necesidad. Una vez había salvado la vida de un villista de la gente de Villa en una emboscada de los federales. La noche acordada, los cincuenta hombres entraron a San Isidro como quien entra a casa de compadre. Dejaron los rifles arrimados, se sentaron a comer lo que don Ricardo les ofreció, bebieron tequila y platicaron sobre los tiempos difíciles que andaba pasando el norte. Mal sabían ellos que cada trago de ese tequila era la despedida de la vida.
Cuando el sueño empezó a pesar en los párpados, no fue cansancio natural. Don Ricardo había mandado mezclar hierba de sueño en la bebida y los revolucionarios fueron cayendo uno por uno desmayados como sacos de harina. Los sicarios del coronel, junto con dos patrullas de federales escondidas en los alrededores, entraron a la casa y amarraron a los cincuenta hombres todavía dormidos.
Al amanecer, la plaza de San Isidro estaba llena de gente. El coronel había mandado avisar que habría ejecución pública y el pueblo apareció, algunos curiosos, otros con miedo de faltar y ser acusados de proteger bandidos. En medio de la plaza armaron cincuenta orcas improvisadas, maderas altas con cuerdas nuevas que se balanceaban al viento como aviso de lo que estaba por venir. Los revolucionarios fueron arrastrados todavía aturdidos y cuando despertaron de adeveras ya estaban con las manos atadas y la cuerda al cuello.
Donato Rosales gritó llamando a don Ricardo cobarde y traidor, recordándole que habían venido en paz, creyendo en su palabra. El coronel no más se rió, prendió un puro y dijo fuerte, para que todo el pueblo oyera:
—Villista bueno es villista muerto. Y hoy San Isidro le muestra a todo el norte que aquí no hay protección para bandidos.
El primero en ser ahorcado fue un muchacho joven, no debía tener más de veinte años. La cuerda tronó, el cuerpo se balanceó y el silencio que cayó sobre la plaza fue más pesado que plomo. Uno por uno, los cincuenta hombres fueron ejecutados mientras el coronel los veía de brazos cruzados, una sonrisa de satisfacción estampada en la cara. El pueblo veía callado, sin coraje para llorar, sabiendo que cualquier señal de pena podría volverse sospecha de complicidad.
Donato Rosales fue el último. Antes de que la cuerda apretara, escupió en dirección a don Ricardo y gritó:
—El norte no olvida traiciones, coronel. Pancho Villa va a saber de esto y cuando sepa, ni tu alma va a querer Dios.
La cuerda fue jalada y Donato se balanceó en el aire, ojos desorbitados, lengua de fuera, el cuerpo debatiéndose hasta que la vida se le escapó. El coronel mandó dejar los cuerpos colgados por tres días para que sirvieran de ejemplo. Las familias no pudieron recoger a sus muertos y los zopilotes empezaron a llegar antes de que el sol se metiera. El olor a muerte se apoderó de San Isidro y el pueblo empezó a andar por la plaza con la cabeza baja, como si pisara suelo sagrado profanado.
Pero una cosa el coronel no contaba: entre los rancheros que vieron aquella barbaridad estaba un viejo beato, hombre de rezo y camino, que conocía los vericuetos de la sierra y sabía dónde encontrar a Pancho Villa. Tres días después, llegó tambaleándose hasta el campamento del centauro del norte y contó con lágrimas escurriendo por la cara arrugada sobre la traición y la muerte de cincuenta hombres, incluyendo a Donato Rosales.
El silencio que cayó sobre los dorados aquella noche fue diferente. No era miedo, era deuda de sangre anotada, justicia que todavía no se había hecho, pero que ya estaba marcada en el calendario del destino. Villa miró hacia el horizonte donde quedaba San Isidro y dijo bajito, con voz que cortaba más que navaja afilada:
—Don Ricardo va a pagar. Y va a pagar en la plaza enfrente de todo el mundo, del mismo modo que mató a los nuestros. Solo que cuando yo termine con él, va a ser aviso para todo coronel malnacido de este norte. Quien traiciona a un hombre de lucha, muere despacio y a la vista de todos.
La noche en el campamento de Villa se puso pesada como plomo derretido. Los villistas se miraban entre sí sin decir palabra, cada uno masticando la rabia a su manera, sabiendo que aquella traición no iba a salir barata. El viejo beato, después de contar todo lo que vio, se quedó sentado cerca de la fogata, temblando, no de frío, sino de haber revivido toda esa desgracia otra vez en la memoria.
Rodolfo Fierro fue el primero en romper el silencio, levantándose de donde estaba con el rifle en la mano y los ojos inyectados de sangre.
—Vamos para allá ahora, general Villa. Cercamos a ese hijo de la chingada y le prendemos fuego a todo. No puede quedar vivo después de lo que hizo.
Villa levantó la mano, gesto firme que hizo que todo el mundo se detuviera.
—Siéntate, Fierro —dijo él—. La rabia caliente no mata a coronel astuto. Sí, vamos a cobrar esa deuda, pero va a ser de la manera correcta, en el momento correcto y de un modo que nadie en el norte olvide.
José Herrera, recargado en un árbol limpiando el rifle, habló sin quitar los ojos del arma.
—El general Villa tiene razón, compa. Si llegamos de sopetón, los federales van a estar esperando. Don Ricardo es cobarde, pero no es tonto. Después de ahorcar a cincuenta hombres, debe de tener el culo bien apretado de miedo, esperando a que aparezcamos nosotros.
Pedro, el chaval, estaba sentado de rodillas en el suelo dibujando en la tierra con una ramita.
—¿Y la gente de allá, general Villa? ¿A poco no son tan culpables como el coronel?
Villa miró al chamaco y suspiró hondo.
—El pueblo no es culpable, Pedro. El pueblo está atrapado en su propia miseria. Rehenes del miedo y del hambre. Si movieran un dedo para defender a los muchachos, serían los próximos en balancearse en la cuerda. La culpa es de quien tiene poder y lo usa para aplastar a los demás. Y a ese tipo de gente es a la que vamos a cobrarle.
Los dorados pasaron la noche entera despiertos, cada uno perdido en sus propios pensamientos, acordándose de Donato Rosales y de los cuarenta y nueve hombres que murieron creyendo en la palabra falsa de un coronel traidor. Villa se quedó callado la mayor parte del tiempo, fumando su cigarro de hoja y planeando cada paso de la venganza que vendría.
Cuando el sol nació, tiñendo el cielo de rojo como presagio de sangre, Villa llamó a tres de los hombres más astutos de los dorados. Emiliano Duarte, hombre flaco y silencioso; Rodolfo Montes, cabrón que tenía el don de platicar con cualquiera y sacarle información sin levantar sospechas; y Juan el rastreador, que conocía cada vereda, cada cañada y cada atajo entre ahí y San Isidro.
—Ustedes tres van para San Isidro —dijo Villa—. Pero van despacio, sin levantar polvo. Quiero saber cuántos sicarios tiene el coronel, dónde duerme, a qué hora sale de su casa, quién lo protege. Y lo más importante, quiero saber si los federales todavía andan por ahí o si ya se pelaron.
—¿Y si encontramos al cabrón solo, general Villa, podemos…? —hizo el gesto de cortar la garganta.
—No, nadie le pone la mano encima antes de que yo llegue. Él va a morir, pero va a morir del modo que yo mande, en el lugar que yo escoja y enfrente de todo el mundo que vio a los nuestros morir.
Los tres confirmaron y partieron antes de que el sol calentara de adeveras, llevando pocas cosas y andando por caminos que solo quien conocía el desierto con los ojos cerrados sabría encontrar.
El resto de los dorados se quedó en el campamento afilando machetes, limpiando rifles, preparando balas y esperando órdenes. Mientras tanto, en San Isidro, el coronel don Ricardo celebraba su victoria. Los cuerpos de los cincuenta revolucionarios habían sido sacados de la plaza después de tres días, tirados en una fosa común, lejos del pueblo, sin rezo y sin respeto.
El coronel andaba por la calle con el pecho inflado, sonriendo a los comerciantes, saludando al padre, repartiendo monedas a los chamacos pobres, como si fuera hombre de buen corazón. Pero la gente no le sonreía de vuelta. Las mujeres desviaban la mirada, los hombres se quitaban el sombrero más por miedo que por respeto, y los niños corrían para dentro de sus casas cuando veían la figura del coronel acercándose. El olor a muerte todavía parecía pegado en la plaza.
Peor aún, don Ricardo no se detuvo ahí. Con el apoyo de las autoridades garantizado después de la limpieza que había hecho en el norte, empezó a apretar aún más el control sobre el pueblo. Aumentó el precio del agua, dobló la renta cobrada a los pequeños agricultores y empezó a quitarle el ganado a quien no conseguía pagar las deudas inventadas.
Una semana después del ahorcamiento, una viuda llamada doña Elena, mujer de unos cuarenta años, criaba sola a tres hijos pequeños. Tenía una vaquita lechera, el único bien que le quedaba después de que su marido muriera de fiebre. Vendía la leche en el tianguis para comprar harina y piloncillo, sobreviviendo a duras penas pero con dignidad.
Uno de los sicarios del coronel, chico el tuerto, se paró en la puerta de la casa y le dijo que la vaca ahora era del coronel, pago de una deuda que su difunto marido habría dejado. Doña Elena juró que su marido nunca le debió nada a nadie, que la vaca era suya por derecho. Chico el tuerto no quiso ni saber. Le dio una cachetada a la mujer enfrente de sus hijos, la llamó mentirosa y se llevó la vaca mientras los niños lloraban agarrados a la falda de su madre. Doña Elena cayó de rodillas en el patio, sollozando, implorando que alguien hiciera algo, pero nadie se movió. El miedo era más grande que las ganas de ayudar.
Cuando Emiliano Duarte, Rodolfo Montes y Juan el rastreador llegaron disfrazados a San Isidro, fingiendo ser arrieros buscando trabajo, oyeron esa historia y muchas otras. Se enteraron de un compadre que había perdido su parcela, de un viejo golpeado por los sicarios por reclamar el precio de la harina, de una muchacha que tuvo que huir a la sierra para no volverse juguete de hijo del coronel.
Rodolfo Montes, que tenía facilidad para la plática, se sentó en la cantina y sacó tema con un señor de cabellos blancos.
—Don Ricardo parece hombre poderoso por estas tierras, ¿verdad?
El viejo soltó una risa amarga.
—Poderoso, sí. Pero en el norte la gente le llama de otra cosa: tirano. Ahorcó a cincuenta hombres que vinieron creyendo en su palabra. Desde entonces, nadie duerme tranquilo. La revolución cobra caro.
Rodolfo Montes fingió asombro.
—¿Cincuenta hombres? Pues si hizo eso es porque debe de tener protección de los federales, ¿no? ¿Todavía andan por aquí?
—Se pelaron después del ahorcamiento. Se llevaron las armas que don Ricardo les prometió y se fueron. Ahora él está aquí con sus sicarios, unos doce o quince hombres, creyendo que está seguro. Pero cuando Pancho Villa se entere de esto, ese coronel va a conocer el infierno en vida.
Emiliano Duarte descubrió que el coronel dormía en una casa grande en lo alto de un cerro, rodeada por un muro de piedra y con sicarios haciendo ronda día y noche. Juan el rastreador mapeó todas las entradas y salidas del pueblo, anotando mentalmente los mejores puntos para acercar el lugar sin darle chance de fuga.
Tres días después, los tres volvieron al campamento de Villa con el reporte completo. Contaron todo, el número de sicarios, la rutina del coronel, la situación del pueblo y, lo más importante, las nuevas injusticias que don Ricardo venía cometiendo después del ahorcamiento.
Cuando Rodolfo Montes contó la historia de doña Elena y de la vaca robada, Rodolfo Fierro golpeó el suelo con el puño.
—Este desgraciado no tiene remedio, ¿no? Tenemos que acabar con él de una vez, general Villa.
Villa escuchó todo en silencio, masticando carne seca, los ojos entrecerrados, haciendo cuentas difíciles en la cabeza. Escupió al suelo y dijo:
—Don Ricardo cree que ahorcando a cincuenta hombres iba a meterle miedo a la revolución, pero lo que hizo fue cavar su propia tumba. Yo le voy a mostrar a él y a todo coronel, hijo de la chingada de este norte, que la traición a un hombre no sale barata.
Se levantó, tomó su sombrero de ala ancha y se lo puso en la cabeza, gesto de decisión tomada.
—Vamos para San Isidro, pero no vamos de noche como ladrones, no. Vamos de día a la hora del tianguis, cuando la plaza esté llena de gente. Quiero que todo el pueblo vea lo que le pasa a quien traiciona a un villista. Y don Ricardo va a morir del mismo modo que mató a Donato y a los demás: colgado, sufriendo, enfrente de todos.
Los dorados enteros se prepararon. Cada villista verificó sus armas, llenó la canana de balas, afiló el puñal y preparó el corazón para lo que vendría. Nadie durmió bien, pero no era de miedo, sino de ansiedad, de esa que viene antes de hacer justicia atrasada. Villa se quedó despierto hasta que el sol rayó, pensando en Donato Rosales y los cuarenta y nueve hombres que murieron sin chance de defensa.
—Don Ricardo —murmuró bajito—, vendiste cincuenta vidas por armas y prestigio. Ahora vas a pagar con la tuya, pero despacio, con alambre de púas rasgando tu piel, para que sientas lo que cada uno de esos hombres sintió cuando la cuerda apretó.
Todo el norte parecía contener la respiración, esperando el día en que Pancho Villa llegaría a San Isidro.
Villa no era hombre de actuar por impulso. Sabía que San Isidro, aún sin los federales cerca, era terreno peligroso. Por eso, en los siguientes tres días, transformó el campamento en cuartel general, planeando cada detalle de la venganza. Dibujó el mapa del pueblo en cuero crudo, marcó la plaza, la iglesia, la cantina, la casa del coronel.
—Aquí es la plaza principal —dijo—. Aquí la iglesia, la cantina, la casa del coronel con muro de piedra y dos sicarios en la puerta.
—¿Y cómo lo vamos a sacar de ahí, general Villa? —preguntó Fierro.
—No lo vamos a sacar de ahí, Fierro. Vamos a esperar a que él salga. Cada jueves, día de tianguis grande, baja a la plaza a media mañana. Ahí lo vamos a agarrar.
—Pero si aparecemos en el tianguis, la gente va a correr, los sicarios van a sacar las armas y se arma una balacera en medio del pueblo. Va a haber mujeres y niños en medio.
—Por eso no vamos a aparecer de una vez. Vamos a entrar poco a poco disfrazados, mezclados con la gente. Cuando yo dé la señal, cercamos la plaza entera. Desarmamos a los sicarios y agarramos al coronel sin necesidad de derramar sangre de inocentes.
La estrategia fue armándose como rompecabezas. Cada villista tendría una función específica, un punto de entrada y una señal combinada para actuar. Villa dividió a los dorados en grupos pequeños: unos entrarían por la carretera principal como arrieros, otros por el camino de la iglesia como peregrinos, otros por el tianguis como compradores de ganado. Villa, Fierro y tres más vendrían por la parte de atrás de la plaza, donde quedaba la carnicería y el corral.
—Nadie saca arma antes de mi señal —ordenó—. La señal será cuando yo me quite el sombrero y me pase la mano por la cabeza. Cuando vean eso, cercan la plaza, apuntan los rifles y mandan a todo el mundo soltar las armas.
Los dorados ensayaron cada movimiento. Practicaron cómo acercarse sin llamar la atención, cómo desarmar a un sicario sin darle tiempo de reaccionar, cómo controlar a la multitud sin violencia innecesaria. Villa era exigente, repitiendo cada etapa hasta estar seguro de que nada saldría mal.
El miércoles por la noche, víspera de la acción, Villa reunió a los dorados. La luna estaba llena, iluminando el chaparral, y el viento soplaba tibio, trayendo olor a tierra seca y mezquite.
—Mañana cobramos una deuda de cincuenta vidas —dijo Villa—. Yo no quiero imprudencias, no quiero heroísmos y no quiero que nadie muera a lo tonto. Entramos, agarramos al coronel, hacemos la justicia que se tiene que hacer y nos salimos. Quien tenga miedo o dudas puede quedarse aquí, nadie lo va a juzgar.
Nadie se quedó. Todos montaron los caballos, listos para partir antes de que el sol naciera.
La marcha hasta San Isidro tomó el día entero. Parteron en la oscuridad, silenciosos como sombras, cada grupo siguiendo su propio camino conforme al plan. Villa iba al frente, ojos atentos a cada movimiento, oído agudo para cualquier ruido extraño. A su lado, Fierro cabalgaba en silencio, sabiendo que ese día sería diferente.
Al mediodía, los villistas empezaron a llegar a San Isidro. Los arrieros entraron por la carretera principal, llevando mulas cargadas de canastos vacíos. Emiliano Duarte y dos más entraron por la iglesia como peregrinos. Pedro el Chaval y otros tres entraron por el tianguis, mezclándose entre los compradores.
La plaza estaba llena. Mujeres vendían queso y piloncillo, hombres discutían sobre lluvias y sequías, niños corrían entre los puestos, el olor a carne asada se mezclaba con el de cilantro y chile. Era día de tianguis, día de movimiento, y nadie desconfiaba de nada.
Villa esperó en la salida del pueblo, observando la plaza de lejos. Solo entraría cuando viera aparecer al coronel. Y por ahí, del mediodía y un poco más, don Ricardo bajó del cerro montado en un caballo tordillo, rodeado por cuatro sicarios armados. El coronel venía sonriente, saludando a la gente, vestido de gala, revólver de cacha de madre perla en el cinto.
Los sicarios venían serios, la mirada desconfiada, pero no esperaban problemas. El coronel desmontó, amarró el caballo y entró a la cantina. Fue entonces que Villa dio la señal: se quitó el sombrero y se pasó la mano por la cabeza. Los villistas esparcidos por la plaza lo vieron.
En segundos, la escena cambió. Los falsos arrieros soltaron las mulas y sacaron los rifles. Los falsos peregrinos tiraron los rosarios y jalaron los puñales. Los compradores del tianguis se posicionaron armados. Villa, Fierro y los demás entraron por la calle de atrás cercando la cantina.
La gente se heló. Mujeres jalaron a sus hijos, hombres levantaron las manos, un silencio pesado cayó sobre el tianguis. Todo el mundo reconoció el sombrero de ala ancha y la mirada de Villa caminando por la plaza.
Los sicarios intentaron reaccionar, pero ya tenían el cañón de un arma pegado a la cabeza. José Herrera desarmó a dos, Emiliano Duarte inmovilizó al tercero. El cuarto soltó el arma y levantó las manos.
Villa entró a la cantina, rifle en mano. El coronel estaba de espaldas, vaso de tequila en mano. Al oír el silencio y el ruido de botas, se volteó despacio; el vaso se le resbaló de la mano, estrellándose en el suelo. El rostro se puso blanco como tela de mortaja. Villa se paró a dos pasos de él.
—Buenos días, don Ricardo. ¿Usted se acuerda de mí? Si no se acuerda, no hay problema. Vine a refrescarle la memoria.
Don Ricardo intentó retroceder, pero tropezó con la pared. Intentó alcanzar el revólver, pero Fierro fue más rápido, arrancándole el arma y tirándola lejos. El coronel empezó a tartamudear.
—General Villa, yo… yo no fue orden de los federales. Yo no tuve elección. Ellos me obligaron.
Villa inclinó la cabeza.
—Orden de los federales. Qué chistoso, porque a mí me contaron que fue usted quien llamó a los muchachos a una reunión. Usted quien puso veneno en su tequila. Usted quien mandó a amarrar y ahorcar a cincuenta hombres en la plaza. ¿O será que oí mal?
Don Ricardo cayó de rodillas, las manos juntas, voz fina de desesperación.
—Le pago, general Villa. Tengo dinero, ganado, tierra, puede llevarse todo, pero déjeme vivir por el amor de Dios.

Las lágrimas escurrían por el rostro del coronel, ese mismo rostro que días atrás sonreía mientras cincuenta hombres se balanceaban en la cuerda. Villa escupió al suelo cerca de las rodillas de don Ricardo.
—¿Dinero? Donato Rosales tenía cuatro hijos. Él salvó la vida de un hombre mío. Vino creyendo en su palabra y usted lo vendió a la muerte, y a otros cuarenta y nueve junto. ¿Cuánto vale la vida de cincuenta hombres en su cuenta?
El coronel sollozaba, agarrando las botas de Villa, implorando, prometiendo cualquier cosa, pero Villa ya había decidido. Hizo un gesto a Fierro y Herrera, que lo arrastraron fuera de la cantina.
La gente abrió camino. Nadie osó hablar. Todos sabían que la justicia que Villa traía no era de las que se cuestiona. Mientras el coronel era arrastrado al centro de la plaza, Villa pensó: “Ahora es tu turno, don Ricardo. Ahora vas a saber lo que es morir despacio enfrente de todo el mundo, sin dignidad y sin piedad.”
Villa subió a un cajón viejo, alzó la voz.
—Gente de San Isidro, hoy no vine a robar, ni a quemar casas, ni a hacer daño a inocentes. Vine a cobrar una deuda de sangre. Este hombre aquí, al que ustedes llaman coronel, mató a cincuenta villistas de forma cobarde, los llamó a una reunión de paz, les envenenó el tequila, los amarró dormidos y los ahorcó uno por uno aquí mismo en esta plaza. Entre esos cincuenta estaba Donato Rosales, hombre de palabra, padre de cuatro hijos, que una vez salvó la vida de un hombre mío.
—Yo podría matar a don Ricardo de un solo tiro, rápido y sin dolor, pero eso sería generosidad que él no merece. Él hizo que cincuenta hombres murieran despacio, asfixiados, balanceándose en el aire, sintiendo la cuerda apretar el cuello. Así que hoy él va a sentir en su propia piel lo que es morir colgado, solo que en vez de cuerda va a ser alambre de púas y va a ser aquí enfrente de todos para que nadie olvide. Quien traiciona a un villista paga con su propia vida.
Un murmullo corrió por la multitud. Miedo y alivio. Doña Elena estaba ahí de lejos, sujetando a sus tres hijos pequeños. Cuando oyó a Villa, sintió un nudo en la garganta, pero no de tristeza, sino de justicia atrasada.
Villa bajó del cajón y caminó hasta don Ricardo. El coronel estaba destruido, rostro mojado de lágrimas y sudor, ropa sucia de tierra, toda esa pose de hombre poderoso desmoronada.
—General Villa, por el amor de Dios, tengo familia, esposa, hijos pequeños, no me haga esto…
Villa se agachó enfrente de él, ojos en ojos.
—Donato Rosales también tenía hijos, don Ricardo, cuatro chamacos que ahora van a crecer sin padre porque usted lo vendió a la muerte. Usted no pensó en ellos cuando jaló la cuerda, ¿verdad? No pensó en las viudas, en los huérfanos, en el sufrimiento que iba a causar. Solo pensó en las armas y el poder. Ahora aguante las consecuencias.
Hizo una señal a Pedro el Chaval, que fue hasta uno de los caballos y volvió trayendo un rollo de alambre de púas. La gente abrió los ojos cuando vio el alambre. En el centro de la plaza, justo donde las orcas habían sido armadas, todavía había un poste de madera.
—Llévenselo.
Don Ricardo empezó a gritar, forcejear, intentando escapar, pero era inútil. Fierro y Herrera lo arrastraron hasta el poste. Villa desenrolló el alambre de púas despacio.
—¿Sabe por qué escogí alambre en vez de cuerda, don Ricardo? Porque la cuerda mata rápido, aprieta el cuello y en pocos minutos se acabó. Pero el alambre de púas rasga la piel, entra en la carne y cuanto más se mueve, más se corta, más sangra, más sufre. Es una muerte que da tiempo de pensar, de arrepentirse, de sentir cada segundo pasar.
El coronel lloraba como niño, sollozos fuertes y descontrolados, mientras Villa empezaba a enrollar el alambre alrededor de su cuello. La primera vuelta fue apretada, las púas empezaron a arañar, dejando rasguños rojos que pronto se volvieron cortes. Don Ricardo gritó de dolor, intentando alejar el alambre con las manos, pero Fierro le sujetó los brazos, amarrándole las muñecas.
Villa siguió enrollando el alambre, dando tres vueltas más alrededor del cuello, cada una más apretada. Las púas iban entrando en la carne, rasgando la piel del coronel que berreaba desesperado, la sangre empezando a escurrir por el cuello, manchando la camisa blanca.
—¿Usted sintió placer cuando vio a Donato balanceándose en la cuerda? Sonrió cuando vio a los cincuenta hombres muriendo, uno por uno, asfixiados. Pues ahora sienta lo que ellos sintieron. Sienta el dolor, la desesperación, la injusticia de morir por culpa de la ambición de otro.
Después de prender el alambre en el cuello, Villa tomó la punta suelta y la echó por encima de una rama gruesa del árbol que quedaba al lado del poste, transformando aquello en una especie de orca improvisada. Empezó a jalar despacio y el cuerpo de don Ricardo fue siendo levantado del suelo centímetro a centímetro, mientras el alambre apretaba y las púas entraban aún más hondo.
El coronel pataleaba, los pies golpeando el aire, intentando encontrar suelo, las manos presas detrás de la espalda, incapaces de arrancar el alambre. La sangre escurría espesa por el cuello, goteando en el suelo. Los ojos de don Ricardo se quedaron desorbitados, la boca abierta intentando jalar aire, de la garganta salían sonidos estrangulados.
El pueblo veía en silencio. Algunos volteaban la cara, pero la mayoría se quedaba ahí, atestiguando, grabando aquella escena en la memoria. No era placer por el sufrimiento ajeno, era el norte cobrando la cuenta de quien había creído que podía matar impunemente.
Villa amarró la punta del alambre al poste, dejando a don Ricardo colgado a medio metro del suelo, balanceándose al viento. El coronel todavía estaba vivo, pero apenas. El rostro se le había puesto morado, los ojos hinchados, la lengua de fuera y la sangre seguía escurriendo. Se contorsionaba despacio, cada movimiento haciendo que las púas rasgaran más.
—Cincuenta hombres —dijo Villa—, cincuenta vidas que usted quitó por ambición. No puedo traerlos de vuelta, pero puedo garantizar que su muerte sirva de ejemplo, que todo coronel, todo sicario, todo hombre que crea que puede traicionar a un villista y quedar impune, lo mire a usted y piense dos veces.
Se volteó para la gente.
—Nadie aquí es culpable de lo que este hombre hizo. Fueron obligados a presenciar la masacre, así como están siendo obligados a presenciar la justicia. A partir de hoy, las tierras que don Ricardo robó vuelven para quien siempre trabajó en ellas. El ganado va a ser devuelto. El agua de la represa ya no tiene dueño, es de todos. Y si algún sicario o pariente de él intenta seguir la explotación, yo vuelvo aquí y hago algo peor.
Doña Elena, allá del fondo, osó gritar:
—¿Y mi vaca, general Villa? Chico, el tuerto, me la robó hace tres días.
Villa miró alrededor hasta encontrar a chico, el tuerto, intentando esconderse.
—Ese de ahí —preguntó.
Doña Elena asintió.
—Usted, venga para acá, chico.
El tuerto intentó correr, pero Emiliano Duarte lo sujetó.
—¿Usted robó la vaca de esta mujer?
—El coronel mandó, yo solo obedecí órdenes.
Villa le dio una cachetada tan fuerte que cayó al suelo.
—Órdenes de robarle a una viuda pobre. ¿Dónde está esa vaca?
—En el corral del coronel.
—Pues usted va allá a buscar la vaca y se la devuelve a la dueña hoy mismo. Y si yo me entero que usted o cualquier otro sicario siguió explotando a la gente, yo vuelvo y usted le va a hacer compañía a su patrón.
Chico, el tuerto, salió corriendo. Otros sicarios huyeron antes de que Villa preguntara quién más tenía sangre en las manos.
Chico, el tuerto, salió corriendo. Otros sicarios huyeron antes de que Villa preguntara quién más tenía sangre en las manos.
El coronel don Ricardo tardó casi una hora en morir. Fue una hora larga, dolorosa, cada minuto una eternidad. Dejó de moverse poco a poco, los espasmos se fueron haciendo más débiles, la respiración más corta, hasta que finalmente el cuerpo quedó inmóvil, balanceándose al viento, los ojos abiertos mirando la nada, el cuello lacerado por las púas.
Villa cortó el alambre y dejó caer el cuerpo al suelo.
—¿Pueden enterrarlo? —dijo al pueblo—. Pero dejen el alambre colgado en el árbol para que sirva de recuerdo. Quien traiciona a un villista muere así, despacio, sufriendo y sin piedad.
Miró alrededor y vio en los rostros no más miedo, sino alivio, respeto y gratitud silenciosa. Él no era héroe de cuento de niños, no era santo de altar. Pero aquel día, para esa gente, fue la justicia que la ley escrita nunca
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